Que tu nombre se convierta en firma es uno de los sueños burocráticos de la vanidad, cuando eres joven y los periódicos se ven como otro espacio más donde demostrarse. Todo es nombre, hacérselo, timbrarlo casi como una divisa que ya no es uno, sino el embajador feliz de ese algo impreciso que es uno mismo; un cualquiera en definitiva.